viernes, 2 de octubre de 2015

Subiendo el Annapurna


Hace un día espléndido de otoño. El cielo azul. No hay nubes. Apenas corre el aire. Y como algunos domingos (menos de los que nos gustaría) junto a Miguel y Mateo paseo en bicicleta junto al Canal de Castilla. Observamos el paisaje castellano. Los campos ocres que están esperando ser sembrados, también nos acompañan en esta mañana.

Paramos unos minutos a descansar. Nos cobijamos en una sombra del camino. Bebemos un poco de agua y sacamos unas almendras para acompañar este pequeño refrigerio. Mientras hablamos de la vuelta al colegio, los y las profes nuevos, los dichosos deberes,… con la clarividencia de la infancia, Miguel pregunta: “Oye papá, ¿qué es un educador social? ... es que no conozco a ninguno, solo a ti… y no sé qué hacen” (…y ahora cómo le explico que quiero cambiar el mundo…).

Miguel conoce muy bien que hace su profesor, el pediatra que le atiende cuando tiene anginas, el pescadero de la plaza de abastos, la panadera donde compramos el pan todos los días, el policía municipal que está en la puerta del colegio por las mañanas. También conoce alguno de los oficios de los padres y madres de sus compañeros/as de clase: veterinaria, informático, pintor, conductor de camión, fotógrafa,… Para él, todos tienen un reconocimiento social, todos forman parte de ‘su’ esfera pública. Para Miguel es sencillo identificar qué hacen, porque conoce su trabajo, sus tareas.

El reconocimiento social de la profesión que ejercemos los/as educadores/as sociales se encuentra en un “permanente” proceso de construcción (con la estafa de la crisis, nos atreveríamos a decir que a un paso de la destrucción). Las múltiples, horripilantes e inventadas denominaciones y ocupaciones que ‘nos adjudican’, difuminan e impiden que el camino del reconocimiento sea una línea recta. Nos llaman: animadores comunitarios, técnicos/as de atención al menor, orientadores/as laborales, educadores/as familiares, formador de formadores, educadores/as de adultos, técnicos/as de inclusión social, educador/a (a sí, a secas), profesores/as técnicos de servicios a la comunidad, monitores/as ocupacionales, cuidadores/as y un largo e interminable etcétera. Y a todo esto, tenemos que sumar los precipicios y las curvas tortuosas que nos vamos encontrando por el camino; estas son, las convocatorias de empleo público. En muchas de ellas (y hablo de Castilla y León que es lo que más conozco) a una plaza de educador/a social (por cierto, sepan Uds. que brillan por su ausencia) se puede presentar ‘hasta el tato’. Aquí se da cabida a todo tipo de titulaciones variopintas y ‘a fines’ como las definen algunas/os responsables técnicos de las diferentes administraciones. Por desgracia, muchos de ellos son los encargados de planificar las políticas sociales y educativas en los ámbitos municipal, provincial y autonómico y definir cuáles son los perfiles profesionales más idóneos. Como ya pueden observar, el panorama es de traca.

Por tanto, las barreras que nos impiden alcanzar ese tan ansiado y deseado reconocimiento social y que tenemos que saltar, tienen unas concertinas muy bien afiladas.

La lucha imparable del Colegio Profesional de Educadoras y Educadores Sociales de Castilla y León - desde su creación en 2005 - por conseguir un reconocimiento profesional está siendo una ‘gran’ aventura. Imagínense subir el Annapurna con chancletas de playa, pues eso. En todo este proceso, las ampollas que nos salen no nos hacen desfallecer (muchas son las cicatrices que tenemos). Nos hemos caído (…también nos han empujado unas cuantas veces, ¡eh!…) una y mil veces y volvemos a levantarnos. Hubiese sido muy fácil tirar la toalla, pero las ganas que tenemos de hacer visible y dignificar la educación social en Castilla y León no nos las quita nadie. Bien es cierto, que solo una pequeñísima parte del colectivo profesional de la Comunidad esta colegiado y esto, la verdad, no ayuda nada.

Tenemos que seguir recorriendo esos acantilados escarpados y resbaladizos para conseguir que ese reconocimiento social de la educación social sea real; seguir trabajando para que los colegios profesionales de educadores/as sociales sean más fuertes y convencer de la importancia de la colegiación; seguir visibilizando nuestro trabajo y nuestras tareas con los colectivos de población con los que trabajamos, con nuestros/as compañeros/as de trabajo; seguir denunciando a las diferentes administraciones cuando promueven, veladamente, el intrusismo profesional; seguir involucrando a más colegas de profesión en el colegio profesional, seguir estando presentes y acompañando al el alumnado de la Universidad; seguir buscando alianzas con el profesorado; seguir construyendo un Consejo General potente, que sea el faro de la profesión,…

…Mientras tanto, Miguel abre bien los ojos y escucha atentamente la respuesta: “Los/as educadores/as sociales ayudamos a las personas a que sean capaces de imaginar que otro mundo es posible. Un mundo donde no haya desigualdades, donde quepamos todas y todos. Un mundo donde las personas tengamos las mismas oportunidades para acceder a la educación, a la cultura, a la sanidad,… Aunque no lo parezca, los/as educadores/as sociales estamos en los centros de protección a la infancia, en la calle, en los centros educativos, en los centros socioculturales, en las asociaciones y ONGs, en centros de atención sociosanitaria, en el medio rural,…”


Este post forma parte del ‘Carnaval de Blogs’, una actividad promovida por el
Col•legi d'Educadores i Educadors Socials de Catalunya (CEESC), con motivo de la celebración del Día Internacional de la Educación Social 2015 y en el que se trata generar un dibujo de la situación actual de la profesión: "La educación social en la esfera pública. El reconocimiento social de la profesión".
#diaES - #EdusoDay2015